lunes, enero 01, 2007

Operación Taconazo

“La igualdad se probará cuando tantas mujeres incapaces lleguen al poder como hombres incapaces hemos tenido en él.” (Isabel Villar)



En la actualidad, la política no tiene muy buena prensa. Para la gran mayoría es sucia, desleal, indigna, corrupta o proclive a la corrupción; en definitiva, no respeta principios. Apreciaciones muy generalizadas que, seguramente, cualquiera podría aplicar a más de un ámbito de la vida y no exclusivamente a la política. Sin embargo, la política tiene una diferencia: que es pública y, por tanto, se encuentra expuesta a las ojos de los demás.

Este hacer sin cortinas y la propia acción política, desarrollada básicamente por agentes masculinos, han supuesto que mucha gente busque nuevos representantes, esta vez con rostro de mujer, reforzando el estereotipo de que las mujeres son más honestas. Hasta un estudio del Centro IRIS de la Universidad de Maryland (EE. UU.) corrobora la teoría indicando que “los niveles más elevados de participación de las mujeres en la vida pública se asocian a menores niveles de corrupción”.


“Se tiene la percepción de que las mujeres son menos corruptas. No importa si esto es o no verdad, pero es la percepción que se tiene de ellas” (Barbara Palmer, profesora afiliada al Instituto de la Mujer y la Política, en American University).


Esta apreciación, sin embargo, podría estar gravemente en peligro por los últimos acontecimientos ocurridos en Marbella dentro de la Operación Malaya. La que fue la primera mujer regidora del Ayuntamiento marbellí y más tarde alcaldesa, Marisol Yagüe, se encuentra hoy acusada de delitos de cohecho, prevaricación y maquinación para alterar el precio de las cosas.




Esta profesional de cante y la copla se convirtió precipitadamente en alcaldesa gracias a una moción de censura apoyada por ocho tránsfugas del que era entonces su partido (el GIL, Grupo Independiente Liberal), tres ediles del PSOE y otros tres del PA, derrocando al hasta entonces alcalde Julián Muñoz, también de su mismo partido, el GIL. Por primera vez desde ese momento, dos mujeres pasaron a encabezar el gobierno marbellí: Marisol Yagüe como alcaldesa e Isabel García Marcos como teniente alcalde. Pero también protagonizaron política y socialmente la vida de esta ciudad y la prensa social nacional.

Realmente fue sorprendente el transfuguismo que vivió Marbella, pero mucho más sorprendente fue el increíble ascenso político de Yagüe a la alcaldía. Resultaba bastante extraño que una mujer con tan escasa formación, que se dedicaba a la distribución de frutas y verduras y que estaba más preocupada por el tono de su piel y los quilates de sus joyas que por el déficit económico del propio ayuntamiento, fuese tan maquiavélica de gestar una moción de censura y derrocar al delfín de Jesús Gil. Detrás de todo eso parecía haber algo más, mejor dicho, alguien más y con nombre propio: Antonio Roca.


Y es que, aunque se tenga la percepción de que la mujeres son menos corruptas que los hombres, “no se piensa que las mujeres forman parte del sistema de complicidad entre hombres” (Palmer). Yagüe posaba para la foto y extendía la mano, mientras otros hacían y deshacían a su antojo.

La hazaña política y el hecho ejemplarizante que suponía que la primera línea marbellí tuviese rostro de mujer, quedó empañado por un ir y venir de acusaciones en programas del corazón, de un quehacer político huérfano de ideas y una acción política basada en el pelotazo urbanístico y el tacón de aguja.

La Operación Taconazo, digo... Malaya, no sólo nos ha dejado las cárceles más pobladas, sino también nos ha dejado una lección por aprehender. Las mujeres no son ni más ni menos corruptas, simplemente se amoldan a lo que se encuentran cuando acceden a las primeras líneas de la política. Este tipo de prácticas no se solucionan cambiando el sexo de los gobernantes, sino aumentado los mecanismos de control y la transparencia del sistema.